Pensé en ti y en que deseabas verme. Te apetecía verme casi tanto como me apetece a mí y eso me hacía sentir genial.
Te miraba. Estabas tumbado en tu cama. Hubiera dado mi vida por estar a tu lado.
Era mi mente la que imaginaba todo esto, por lo que me pude colar en tu cama sin que te dieras cuenta. Te abracé de lado, como tanto me gusta, pero tu piel estaba congelada. No te movías. Empecé a ponerme nerviosa. Intenté darte la vuelta para ver tu rostro pero era imposible, algo no me dejaba ver tu cara. Te tomé el pulso y no tenías. No sabía qué hacer. Seguí abrazada a tu cuerpo frío con fuerza, lloraba mientras tenía tu cuerpo muerto entre mis brazos. Lloraba y lloraba sin poder parar. ¿Qué pasaba? Eso no me gustaba, no me gustaba nada. Entonces algo de calor comenzó a brotar en tu interior, pero se fue. Se volvió a ir. No podía entender qué pasaba. Volví a buscar tu rostro bajo las sábanas, te tapé con todas las mantas para que te entrara algo de calor. Ésta vez sí que encontré tu rostro. Tenías los ojos cerrados y no respirabas.
No pude evitarlo. Aún seguías siendo el niño de mis ojos, así que no pude evitar rozar mis labios con los tuyos. No pude evitarlo, lo siento.
Tus labios estaban secos, pero tus besos siempre me encantaron y ese también. Fue algo corto, fugaz, pero volvió a brotar algo de calor dentro de ti. Ésta vez se extendió por todo tu cuerpo. Moviste una de las manos, la apoyaste sobre mi rostro y me acariciaste. “Tonta” susurraste con una voz suave, “a tu imaginación también le gusta gastar bromas. Pensé que te gustaría vivir en un cuento de hadas…”. Sonreí, no lo pude evitar. “Te equivocas. Lo que me gusta vivir es lo que no cuentan esos cuentos…”. No pudiste escapar de un baño a besos.


